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8/5/15

El jardín

Siempre me daba cuenta cuando comenzaba a llover. No importaba donde estuviera. El olor a tierra mojada me humedecía la nariz. Me llenaba la cabeza de gotitas de agua que querían volver a su lugar de origen. Por eso me hacían estornudar y estornudar, y los ojos se me rebosaban de agua. Pero sólo hasta que la llovizna dejara de ser y se tornara lluvia. Entonces el olor se disipaba y mi nariz y mi cara volvían a ser mías.

Cuando llovía fuerte, me gustaba sentarme en la terraza. Me sentaba en la parte techada y miraba la lluvia caer sobre las flores de Azucena, sobre la grama, sobre la tierra. A veces me pasaba horas estudiando el ritmo de la lluvia. Tenía un ritmo, aunque nunca supe cuál era la cadencia exacta, pero sí sé que tenía ritmo. A veces la lluvia lloraba de rabia, otras veces de un dolor muy profundo, y a veces hasta de felicidad. Esas eran lagrimitas dulces y livianas, muchas, muchas.

El jardín era grande. No era nada extraordinario, pero de primavera a otoño, pasaba por una especie de metamorfosis y luego otra y otra. Las flores cambiaban con cada estación. Los colores comenzaban tenues, temprano en la primavera. Luego subían de tono, como si el color y el calor fueran un reflejo, el uno del otro. El calor se miraba en el espejo. El jardín, día tras día, se iba apoderando de un poquito más de esa voz, que estallaba a mediados de julio, y que comenzaba de nuevo a silenciarse lentamente.

La metamorfosis dejaba plantas moribundas que se quedaban atrás, resecas, amarillentas y flácidas, como el paisaje olvidado atrás en un trayecto en carro, a alta velocidad y con la brisa en la frente y en el pelo. Ante el esfuerzo de las nuevas flores y del nuevo verdor de apoderarse del paisaje y de esconderlas, no les quedaba ningún remedio a las flores moribundas. El olvido era el antídoto del jardín. Eran reemplazadas por verde y por tantos otros colores brillantes, tan brillantes que ni siquiera puedo distinguirlos entre sí.

Todo aquello, cuidadosamente orquestado por Azucena. El jardín era que su orquestita. Era lo único que realmente podía controlar, e incluso aquello, lo controlaba a medias. Y cuando se le morían plantas fuera de tiempo siempre las reemplazaba con otras de igual tamaño y color. Con fotocopias florecidas. Azucena era la memoria, el antídoto contra el antídoto del jardín.

Una tardecita, ya casi anocheciendo en la primavera, encontré a Esteban pensando groserías de mí. Yo estaba en la terraza esperando por más lluvia. Contando las gotas que caían en una cubetita de metal podrido. La única que Azucena dejaba afuera, y con la que muchas veces yo solía jugar. Él estaba en el jardín buscando lombrices. Las acechaba. Lombrices moribundas como las plantas a las que les tocaba el antídoto del olvido, agonizantes, tratando de evitar ahogarse en el suelo empapado.

Entonces Esteban las agarraba con las manos, así sin nada, sin que le diera asco, y las ponía en un envase de mayonesa vacío. Lo miré, y él, casi al unísono, me miró con una lombriz en la mano. Yo lo supe en ese mismo instante. Estaba pensando pensamientos horribles de mí. Esteban pensaba que yo estaba desnuda en frente suyo y me miraba con ojos llenos de sorpresa. Una sorpresa que se sentía como un alfiler atravesándome desde las plantas de los pies hasta la piel de los senos y más arriba, muy hondo en mi garganta. Luego se distrajo un poco, pero su distracción duró menos que un respiro, mientras ponía la lombriz en el envase. Y volvió a mirarme. Y entonces de nuevo supe lo que él estaba pensando de mí.

En ese momento, sentí que el alfiler se multiplicó, y ya no uno sino cientos de alfileres me atravesaban toda la piel. Desde el cráneo hasta debajo de las uñas. Mis pelos se hacían y deshacían a cada instante como de fino metal. Cada poro era un animal vivo.

Me levanté de la silla de un salto e hice que Esteban comiera tierra. Sí, tierra. Puños llenos de tierra, uno tras otro. Hice que excavara tierra con sus manos y que se pusiera los puñados de tierra en la boca, una y otra vez. Su encía desapareció y también sus dientes. De la cara a todo el cuerpo. La tierra lo cubrió por completo. Los ojos le comenzaron a brotar de la cara, como si se hubieran desprendido de sus huecos. Tenía un río de lodo desbordado corriéndole por la barbilla y el cuello. Tenía ya tierra en la nariz, llenándole las fosas nasales y hasta la frente por dentro, cuando Azucena se dio cuenta de lo que estábamos haciendo. Agarró la palita de metal con la que sembraba sus flores, y gritó un grito espeluznante. Gutural, como un animal que acaba de ser mordido profundamente y de manera mortal. Como una fiera que al darse cuenta de que está herida de muerte, se aferra más a la vida.

Me haló por el cabello y me dio con la pala en la cabeza. Me dolió tanto que ni siquiera supe dónde me golpeó esa primera vez. No pude localizar el punto exacto del dolor, y mucho menos pude hacerlo la segunda o la tercera vez. Y perdí la cuenta. Azucena no ayudaba a Esteban, sólo me golpeaba a mí. Siguió, y no pude hacer nada para defenderme. Entonces me relajé y comencé a flotar. Y me metí en una especie de útero imaginario del que no planeaba salir jamás. Un útero mojado, hecho de lluvia, de grama saturada y de lombrices agonizantes.

Mi cuerpo se relajó, incluso mi frente y mis hombros. Y la boca se me abrió por completo. La piel, los músculos, la mente. Me abrí entera al mundo y ya no pensé nada. Cuando desperté en el hospital, Estaban estaba muerto. Lo intuí de inmediato. Yo lo maté. Y mi cabeza estaba rasurada. Como castigo. O como trofeo. Tenía puntos en todo el cráneo y en la cara. No me vi en el espejo, a pesar de que había uno en la habitación. Tal vez, incluso dos. Pero sé que con todos aquellos puntos y moratones, debía parecer un verdadero monstruo. Un monstruo incapaz de morir, muy diferente de Esteban. Y a la vez un monstruo, como él, también muerto.


28/4/15

Quise tener nombre de flor


No, no me dieron nombre, pero siempre quise tener nombre de flor. A Azucena le encantaban las flores. En su jardín tenía muchas, de colores y olores diferentes. Narcisos, azafranes, jacintos, hortensias, petunias. Pero tenía miedo. Un miedo torpe que no la dejaba sola. Un miedo que se le veía en los ojos, que se transmutaba en rabia, en coraje cuando me le acercaba. Un coraje silencioso, como un animal nocturno, casi pasando sin uno darse cuenta. Se le hinchaba el corazón con sangre. Le palpitaba rápido y hondo, como si un puño le golpeara en el pecho, entre los senos. Si era Patricio, igual le palpitaba. Pero las axilas se le llenaban de un sudor rancio. Nunca le conté a nadie eso de Azucena. Saboreaba ese secreto que resguardaba de todos los demás, pero que para ella nunca fue secreto. Siempre supo que yo sabía.

Tenía tres años cuando Esteban me enseñó a leer. Él tenía tres cuando yo nací. Casi nunca le molestaba que yo lo hiciera hacer cosas. Hice que rompiera su alcancía. Ese día caminamos una cuadra y media y compramos paletas de helado revestido de chocolate. Esa fue la primera vez que comí helado. Sentí que el frío me congeló los dientes y me abrió los poros y me dolió la piel. Primero hice que me los diera todos, y luego hice que me viera comer cuatro, después de haberse terminado los dos que le di.

Azucena encontró la alcancía rota en la basura. La vi sacar los pedazos de loza fría con sus manos resecas y huesudas, más frías que la misma cerámica inerte y rota. Me reí hasta que me dolió la panza incluso al respirar. Más tarde esa noche vomité tres veces. El revestido de chocolate lo manchó todo. La almohada, las sábanas, las pijamas y hasta salpicó la alfombra blanca al pie de la cama. Gotitas pequeñitas de chocolate cáustico transformaron la alfombra. Esa noche dormí en el piso de madera y me refrescó los sueños.

No le dije nada a Azucena, pero se dio cuenta dos días después cuando fue a ponerme una toalla nueva en el baño. No le gustó nada. Yo me alegré porque ya no podía soportar el olor. Ese olor a ácido y descomposición. La noche anterior dormí en el piso del baño y aún así, a cada ratito me despertaba y tenía que apretar cerrados los ojos y los labios y contar las ovejitas para no vomitar, y me dormía otra vez y al poquito rato volvía a despertar. Azucena me tomó por el brazo, me gritó varias cosas que no entendí y se llevó las sábanas, la almohada y la alfombrita blanca. Poco después subió de nuevo a mi habitación y trajo una cubeta y un paño para el piso. El olor cambió de ácido y descomposición a pinol, blanqueador y descomposición. Mientras más limpiaba, más fuerte se hacía ese olor a pinol y blanqueador y la descomposición se diluía en el aire.

Azucena no me quería. Nunca me quiso, incluso desde antes de nacer. Siempre se acordaba de cuando estaba embarazada conmigo. Y es que yo no era fácil. Nunca lo he sido. Durante aquellos nueve meses Azucena comía de forma compulsiva. Siempre pescado y otros mariscos. El cangrejo le encantaba y se lo comía por libras. Patricio le traía la masa, sólo la masa, todos los días cuando llegaba del trabajo. El olor era insoportable. También le encantaba el jugo de naranja y a veces se quedaba dormida en frente de su clase de preescolar, sentada en su escritorio. Así, de repente, ya, del todo dormida. 

Al principio Azucena pensaba que todo eso era normal. Lo de los mariscos, lo del jugo de naranja, lo de quedarse dormida a media mañana. Pero luego empezó a reconocer una tendencia, y se dio cuenta de que era yo. Yo la hacía hacerlo. Y, el día en que nací, lo comprobó. Lo supo con certeza y ya tuvo que aceptarlo. Era yo quien dirigía su cuerpo. Su mente no se daba cuenta, creía que todavía ejercía algún tipo de control, pero no, Azucena, no. Tu mente no ejercía ningún tipo de control.

Cuando quise nacer, nací. Hice que se quedara tranquilita, que caminara despacio del aula hacia el pasillo, y que se acostara en el piso. Tenía un vestido estampado de fondo blanco con flores rosadas y azules, y con hojas verdes, pálidas y subidas. Se acostó en el piso encerado brillante, casi sin moverse. Respiraba deprisa y yo hacía que todo se le apretara y luego aflojara. La cara se le llenaba de una consternación que explotaba en lágrimas cada vez. Lágrimas que corrían por toda su cara, por los lados de su rostro, mojándole las orejas, el cabello. Lágrimas que brotaban de los ojos y de la nariz. 

De nuevo apretaba todo, todo, y aflojaba cada vez por menos tiempo. Los niños de todas las aulas, salieron a ver qué acontecía en el pasillo. Muchos comenzaron a llorar. No entendían. Yo traté de calmarlos, pero no pude. El ruido que hacían era ensordecedor. Las profesoras también salieron. Varias trataron de que Azucena les hablara, pero ella no podía. Llamaron a una ambulancia, pero no llegó, al menos no antes de que yo naciera.

Azucena acostada boca arriba, casi absolutamente inmóvil, lloraba y lloraba, y miraba hacia arriba, hacia el techo y las lámparas fluorescentes. Y entonces comencé a salir de su vientre. Y sentía sus entrañas apretar y soltar, apretar y soltar, y la sangre me calentaba los hombros y la cabeza, pero sólo por un breve instante. Mientras más salía, más frío sentía. Una de las profesoras trajo unas frazadas y las puso delante de Azucena. Esa profesora decía algo, no sé qué. El frío me impedía pensar y escuchar y sentir. Me convertí en un ser ausente de pensamientos. 

La profesora le separó bien las piernas a Azucena. Había sangre por todas partes. Azucena comenzó a gritar y yo grité también, igual que Azucena. Aquello me pareció interminable. Casi sentí morirme. Azucena no regresó jamás a enseñar. Mi primer día fuera de su vientre fue su último día con aquellos niñitos. Los extrañó mucho, lo sé y me dio pena.


9/4/15

El Grito


sólo vi ojos
los de todos

todo lo que tuve
enfrente tuvo ojos


de estatuas, de paredes
ojos de manos y caras


los ojos del parque
de los monumentos


del periódico
ojos en el mar

ojos vivos y muertos
desnudos y caídos

por dentro
y ojos por fuera

ojos que existen
y ojos que se escuchan

no vi luz
ante esos ojos

ni ante todo
lo que pasaba


Volaste


la sangre se te enfría con la lluvia
tus dedos abiertos


las palmas quieren abrírsete
de par en par

el miedo te saca el aire de las costillas
y escupe lágrimas en tu cara

tu recuerdo no es tuyo
es mío y de los demás

de lo que hacíamos
en aquel momento

cuando supimos que saltaste al vacío
en pleno sol frío del mediodía



Disonancia

no de sonidos
de un cuerpo adhesivo

pared líquida
en la que te paras de cabeza


suspendida en aire líquido
te transmutas, flotas

a un lugar distinto
aún entre cuatro paredes

otra, pero sigues tú
respiras para ahogarte

no te asombres
cuando caigas

cuando el piso
te golpee la cara