3/5/15

Querido lunes 2 de junio de 2014 [21]



 
 
Antiparaguas. m. Cuando las situaciones que involucran agua se van fuera de los límites establecidos por las leyes de  la Física.

Atanovios. m. En el país de Nosbusq, tres cuartos de los visitantes turísticos son mujeres. La mitad de esas mujeres se llaman Ata. Con tal cantidad de mujeres llamadas Ata en Nosbusq, ocurre un extraño fenómeno llamado “atanovio”,  que consiste en que ninguna Ata ha hecho contacto visual o físico con otra mujer llamada Ata.

Cristondoti. m. El momento cuando una persona acaba de detectar un sofá en un restaurante.

Dadofoyv. f. Escalofríos espantosos que ocurren veinticuatro horas después de oler la sangre de una flor.

Kaisión. f. La alegría forzada por escuchar una canción exactamente 783 veces.
 
Nesnesitelná. f. Los labios que se secan justamente después de tomar una taza de chocolate Nestlé.
 
Qianiquista. s. Un alquimista mezquino.
 
Sústalo. m.  El título dado al guerrero más fuerte y ágil que logre vencer a todas las cascadas del sur y del oeste. Cualquiera que logre vencer las cascadas del norte y del este es considerado un Túmjalo, que es un título inferior al Sústalo.

Thetota. f. Ese momento tan incómodo que incomoda.

Trovidencia. f. Si uno le da un cachetón a su ser más querido antes de entrar a Providence, se le transportará inmediatamente a la ciudad de Trovidencia, Rodlan. Los peregrinos que viajan hacia Trovidencia tratan de comprar suficientes saleros.

Querido domingo 1 de junio 2014 [21]

PREPARACIONES PARA ESCRIBIR ESCUCHA ALREDEDOR DE TI. ANOTA LOS SONIDOS DEL MUNDO (Y NO TE OLVIDES DE SER CHISMOSO Y COLECCIONAR LOS CHISMES QUE ESCUCHES). RECUERDA CALLAR A ESE VECINO QUE SIEMPRE ANDA TOCANDO LA BATERÍA. APAGA LA TELEVISIÓN Y LA LUZ. ABRE LA VENTANA Y DEJA QUE LA LUNA TE ILUMINE EL FUTURO. AHORA ES TU TURNO DE CALLAR. MANTÉN UN SILENCIO ESCALOFRIANTE. SI TIENES DEMASIADO MIEDO, EMPIEZA A REZAR. PON SOBRE LA MESA SOLO LO QUE USES PARA ESCRIBIR, SEA UNA PLUMA, UN LÁPIZ, TINTA, SANGRE, UNA MÁQUINA DE ESCRIBIR, LA COMPUTADORA, LO QUE SEA. PONTE CÓMODO Y EMPIEZA A VACIAR TU MENTE. NO LA VACÍES EN PAPEL NI EN NADA. VACÍA TU MENTE EN LA BASURA. Y LUEGO RELLÉNALA UTILIZANDO ESTA RECETA. SI QUIERES, PUEDES TENER UN VASO DE AGUA JUNTO A TI CON VARIAS PIZCAS DE AZÚCAR. NO NECESITAS USAR ZAPATOS. LLAMA A TUS PADRES Y PÍDELES QUE TE PERDONEN,

QUE NO FUE TU INTENCIÓN ROBARLES TANTO DINERO. NO DEJES EL HORNO ENCENDIDO. INCLINA TU CABEZA Y, DE UNA VEZ POR TODAS, ¡ESCRIBE!





PREPARACIONES PARA ESCRIBIR
 

ESCUCHA ALREDEDOR DE TI. ANOTA LOS SONIDOS DEL MUNDO (Y NO TE OLVIDES DE SER CHISMOSO Y COLECCIONAR LOS CHISMES QUE ESCUCHES).
 

RECUERDA CALLAR A ESE VECINO QUE SIEMPRE ANDA TOCANDO LA BATERÍA.
 

APAGA LA TELEVISIÓN Y LA LUZ. ABRE LA VENTANA Y DEJA QUE LA LUNA TE ILUMINE EL FUTURO. AHORA ES TU TURNO DE CALLAR. MANTÉN UN SILENCIO ESCALOFRIANTE. SI TIENES DEMASIADO MIEDO, EMPIEZA A REZAR.
 
PON SOBRE LA MESA SOLO LO QUE USES PARA ESCRIBIR, SEA UNA PLUMA, UN LÁPIZ, TINTA, SANGRE, UNA MÁQUINA DE ESCRIBIR, LA COMPUTADORA, LO QUE SEA.
  

PONTE CÓMODO Y EMPIEZA A VACIAR TU MENTE. NO LA VACÍES EN PAPEL NI EN NADA. VACÍA TU MENTE EN LA BASURA. Y LUEGO RELLÉNALA UTILIZANDO ESTA RECETA.
  

SI QUIERES, PUEDES TENER UN VASO DE AGUA JUNTO A TI CON VARIAS PIZCAS DE AZÚCAR.
  

NO NECESITAS USAR ZAPATOS.
  

LLAMA A TUS PADRES Y PÍDELES QUE TE PERDONEN, QUE NO FUE TU INTENCIÓN ROBARLES TANTO DINERO.
  

NO DEJES EL HORNO ENCENDIDO.
  

INCLINA TU CABEZA Y, DE UNA VEZ POR TODAS, ¡ESCRIBE!

Querido sábado 31 de mayo de 2014 [21]

¿Y a ti quién te da el derecho de comercializar la muerte?
Creo que
generalmente
los pobres, los que no tienen nada,
son codiciosos.
Aún así, pueden bailar con la muerte
y amarse a sí mismos.
Pueden reír de sus propias desgracias
y dormir en paz.
Pueden crear
una pequeña alma
rica
en sabiduría.
Ni dios
o el inocente
de la aldea
se las quitará.

Desde hace tiempo,
la pintura
podrida
por su propia reflexión,
escribía:
“+Váyase fuera de los límites,
no corra,
no corra con sus propias fuerzas +al vacío,
no corra como el viento,
no se queme como el +diablo.
Sería mejor que ya paremos de morir”.

28/4/15

Quise tener nombre de flor


No, no me dieron nombre, pero siempre quise tener nombre de flor. A Azucena le encantaban las flores. En su jardín tenía muchas, de colores y olores diferentes. Narcisos, azafranes, jacintos, hortensias, petunias. Pero tenía miedo. Un miedo torpe que no la dejaba sola. Un miedo que se le veía en los ojos, que se transmutaba en rabia, en coraje cuando me le acercaba. Un coraje silencioso, como un animal nocturno, casi pasando sin uno darse cuenta. Se le hinchaba el corazón con sangre. Le palpitaba rápido y hondo, como si un puño le golpeara en el pecho, entre los senos. Si era Patricio, igual le palpitaba. Pero las axilas se le llenaban de un sudor rancio. Nunca le conté a nadie eso de Azucena. Saboreaba ese secreto que resguardaba de todos los demás, pero que para ella nunca fue secreto. Siempre supo que yo sabía.

Tenía tres años cuando Esteban me enseñó a leer. Él tenía tres cuando yo nací. Casi nunca le molestaba que yo lo hiciera hacer cosas. Hice que rompiera su alcancía. Ese día caminamos una cuadra y media y compramos paletas de helado revestido de chocolate. Esa fue la primera vez que comí helado. Sentí que el frío me congeló los dientes y me abrió los poros y me dolió la piel. Primero hice que me los diera todos, y luego hice que me viera comer cuatro, después de haberse terminado los dos que le di.

Azucena encontró la alcancía rota en la basura. La vi sacar los pedazos de loza fría con sus manos resecas y huesudas, más frías que la misma cerámica inerte y rota. Me reí hasta que me dolió la panza incluso al respirar. Más tarde esa noche vomité tres veces. El revestido de chocolate lo manchó todo. La almohada, las sábanas, las pijamas y hasta salpicó la alfombra blanca al pie de la cama. Gotitas pequeñitas de chocolate cáustico transformaron la alfombra. Esa noche dormí en el piso de madera y me refrescó los sueños.

No le dije nada a Azucena, pero se dio cuenta dos días después cuando fue a ponerme una toalla nueva en el baño. No le gustó nada. Yo me alegré porque ya no podía soportar el olor. Ese olor a ácido y descomposición. La noche anterior dormí en el piso del baño y aún así, a cada ratito me despertaba y tenía que apretar cerrados los ojos y los labios y contar las ovejitas para no vomitar, y me dormía otra vez y al poquito rato volvía a despertar. Azucena me tomó por el brazo, me gritó varias cosas que no entendí y se llevó las sábanas, la almohada y la alfombrita blanca. Poco después subió de nuevo a mi habitación y trajo una cubeta y un paño para el piso. El olor cambió de ácido y descomposición a pinol, blanqueador y descomposición. Mientras más limpiaba, más fuerte se hacía ese olor a pinol y blanqueador y la descomposición se diluía en el aire.

Azucena no me quería. Nunca me quiso, incluso desde antes de nacer. Siempre se acordaba de cuando estaba embarazada conmigo. Y es que yo no era fácil. Nunca lo he sido. Durante aquellos nueve meses Azucena comía de forma compulsiva. Siempre pescado y otros mariscos. El cangrejo le encantaba y se lo comía por libras. Patricio le traía la masa, sólo la masa, todos los días cuando llegaba del trabajo. El olor era insoportable. También le encantaba el jugo de naranja y a veces se quedaba dormida en frente de su clase de preescolar, sentada en su escritorio. Así, de repente, ya, del todo dormida. 

Al principio Azucena pensaba que todo eso era normal. Lo de los mariscos, lo del jugo de naranja, lo de quedarse dormida a media mañana. Pero luego empezó a reconocer una tendencia, y se dio cuenta de que era yo. Yo la hacía hacerlo. Y, el día en que nací, lo comprobó. Lo supo con certeza y ya tuvo que aceptarlo. Era yo quien dirigía su cuerpo. Su mente no se daba cuenta, creía que todavía ejercía algún tipo de control, pero no, Azucena, no. Tu mente no ejercía ningún tipo de control.

Cuando quise nacer, nací. Hice que se quedara tranquilita, que caminara despacio del aula hacia el pasillo, y que se acostara en el piso. Tenía un vestido estampado de fondo blanco con flores rosadas y azules, y con hojas verdes, pálidas y subidas. Se acostó en el piso encerado brillante, casi sin moverse. Respiraba deprisa y yo hacía que todo se le apretara y luego aflojara. La cara se le llenaba de una consternación que explotaba en lágrimas cada vez. Lágrimas que corrían por toda su cara, por los lados de su rostro, mojándole las orejas, el cabello. Lágrimas que brotaban de los ojos y de la nariz. 

De nuevo apretaba todo, todo, y aflojaba cada vez por menos tiempo. Los niños de todas las aulas, salieron a ver qué acontecía en el pasillo. Muchos comenzaron a llorar. No entendían. Yo traté de calmarlos, pero no pude. El ruido que hacían era ensordecedor. Las profesoras también salieron. Varias trataron de que Azucena les hablara, pero ella no podía. Llamaron a una ambulancia, pero no llegó, al menos no antes de que yo naciera.

Azucena acostada boca arriba, casi absolutamente inmóvil, lloraba y lloraba, y miraba hacia arriba, hacia el techo y las lámparas fluorescentes. Y entonces comencé a salir de su vientre. Y sentía sus entrañas apretar y soltar, apretar y soltar, y la sangre me calentaba los hombros y la cabeza, pero sólo por un breve instante. Mientras más salía, más frío sentía. Una de las profesoras trajo unas frazadas y las puso delante de Azucena. Esa profesora decía algo, no sé qué. El frío me impedía pensar y escuchar y sentir. Me convertí en un ser ausente de pensamientos. 

La profesora le separó bien las piernas a Azucena. Había sangre por todas partes. Azucena comenzó a gritar y yo grité también, igual que Azucena. Aquello me pareció interminable. Casi sentí morirme. Azucena no regresó jamás a enseñar. Mi primer día fuera de su vientre fue su último día con aquellos niñitos. Los extrañó mucho, lo sé y me dio pena.