9/5/15

Colmillos 4

“¿Verdaderamente intentas matar a más que una docena con una bomba tan pequeña?”

Las palabras incendiaron en el hombre barbudo un terror incapaz de ser encendido por todas otras excepto aquellas llevadas por la voz gutural filtrándose hacia adentro por debajo de la puerta de un hombre que abriga a judíos, y la pregunta de adónde se fueron las monedas que amenazó a Pinocho. Pero no fue la idea de un falo brotando de su cara, ni nada relacionado con su propio nariz, que al varón le puso su corazón a latir como golpes en la puerta antedicha. Más bien, él temió que los otros cogieran un tufillo del pelo quemado y azufre que pronto iba a cruzar el umbral desde la conversación hasta la realidad. Por lo tanto, con las cejas alzadas como si estuvieran unidas a hilos, él miró a su titiritero.

Como un par de tijeras a las cuerdas de una marioneta, la voz de una pasajera vecina cortó la silencia.
"¿Bomba?" ella preguntó, con su frente surcada como la parcela que contendría su cadáver. Dentro de la piel de poliéster de la maleta, el tictac de su corazón se paró.

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En su teoría de luz y color, Goethe alabó el amarillo en particular. Según el alemán, ello fue el matiz más cercano a la luz misma, y poseía la naturaleza del brillo, y un carácter alegre, sereno, y suavemente emocionante. Pero hay que preguntarse: si sus cuencas vacías otra vez contuvieran ojos, 
¿qué pensaría el filósofo de las flamas amarillas que rasgaron por el vagón del metro como un hombre el celo por la ropa de su amante, y incineraron carne y hueso como si fueran arrancadas de los carretes de un anuncio de la campaña de Lyndon Johnson?  ¿Se puede haber nobleza en eso, o en las estrellas sembradas en los vestidos de los polizones en la casa del obscurantista, o en el color de la cara de Pinocho después de colgar por sus mentiras? Tal vez el azul, que da la sustancia a un lago prostrado a los pies de una montaña, y, cuando se lo ve en los ojos de una mujer, envía al hombre lo más cerca del cielo que puede conseguir sin comprar un billete de avión, habría sido la mejor opción.

Si este delirio de grandeza realizado hubiera sido para Dios como la llamada enésima de “Mónica de la Oficina” que hace una mujer llevar a los niños y salir, quizás Goethe habría estado entre las huestes celestiales llevadas por Jesús para destripar a los pecadores del mundo. Si fuera así, posiblemente se podría incluso aprovechar de la oportunidad de clarificar el problema del pigmento, antes de ser condenado a una eternidad llena de niños gritando y Legos debajo de los pies.  Lamentablemente, ahora más semejante al lechón que el hombre en apariencia, pareció que el cruzado crujiente en cuya mente esta farsa se incubó tuvo tanto éxito en lograr la Segunda Venida como los miembros del Heaven’s Gate tuvieron en la respiración. En consecuencia, por el momento, resucitar a los muertos se quedaría imposible para todos excepto los tomadores de Viagra. 
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Moteada con ceniza como manchas de hígado y botando el petróleo con un siseo similar al escape del aliento de pulmones empañadas por cigarrillos, la cáscara del vagón adecuó al perfil del público objetivo del inductor de la erección tan bien que probablemente empezaría a recibir ofertas de una prueba gratis, si no estuviera tan envuelta en flamas como interesar al diablo en comprar un tiempo compartido dentro de ella. Sin embargo, Lucifer no fue el único cuya atención ella llamó: después de todo, como notó Platón hace dos milenios, ya sea en el escenario o en el accidente que se pasa en la carretera, la condición humana es saborear la tragedia, con tal de que pertenezca a otra persona. 

Desafortunadamente, después de la explosión inicial, no había mucha actuación que ver. El humo onduló por el túnel del metro como tinta dejada caer en un vaso de agua, hasta que el encanto de esperar para discernir cadáveres en los restos se disminuyó a lo de tomar un trago de la bebida contaminada. Mientras tanto, el hijo bastardo del activismo de sillón y deber cívico– la llamada al 911– siguió haciéndose más atractivo mientras la idea del heroísmo emborrachó al los espectadores; de pronto una ráfaga de clics en los teclados, suficiente para hacer los viejos e impotentes rabiar acerca de la dependencia en la tecnología de la generación del milenio, resultó.

Así fue que nadie se dio cuenta de algo levantarse desde dentro del vagón. A su crédito, ello entró en el campo de visión como poco más que una masa negra, trinchando por el humo como una mosca flotando hasta la superficie de un vaso turbio. No obstante, como el nariz de Pinocho, se creció en tamaño hasta ponerse largo y delgado, y entonces se separó de las características de la marioneta a brotar extremidades.

“Hay alguien vivo ahí dentro!” exclamó un hombre.

“Mil demonios!” dijo otro a gritos.

En otra época, quizás se hubiera visto la divinidad en la manera en que la piel de la figura brillaba en la luz fluorescente mientras saltó de las ruinas, deslizándose a través de vapor como si ninguna sustancia excepto su propia voluntad fuera requisito para trazar sus pasos. Pero en la plata de sus ojos y su cabello tocado por Midas había avaricia, y todos podrían verlo cuando él apuntaló su gorra con el dedo medio.


“No,” él dijo en respuesta. “Solo uno.”

8/5/15

+ La Lluvia +

La lluvia llena tus ojos. Casi no puedes verme aquí en la aduana, entre la muerte y la vida. Pero me encontrarás atrás de la cortina de lluvia negra que nos separa. Y ese será el fin.
Pero, ¿sabes qué? Nunca me he sentido tan vivo como ahora, con mi vida colgando de los hilos de mis dedos. Gracias por eso. Hay tranquilidad al enfocar completamente en nuestra sobrevida. Una meditación mental sin ninguna preocupación por lo mundano.

Como con qué cocinar para la cena esta noche.
O cómo arreglar mi televisor roto.
Como qué documentos tengo que firmar para el divorcio. 
Como la multa de tráfico que no he pagado.
Como cuánto tiempo durará mi vida insufrible.

Porque aquí, mirando tu cara cuadrada gotear sangre diluida por la lluvia, veo a un dios indescriptible.  Un dios que yo no pude encontrar en treinta años de iglesias y veneración. Un dios crudo.

Con una santidad oxidada. 
Con sus orillas rasgadas como ropa vieja.
Con sangre en su cara y lluvia en sus ojos.
Con mi vida insufrible en sus manos gruesas.

            ¿Qué pasará cuando los hilos se rompan? ¿Qué pasará cuando caiga a la profunda columna de esta ciudad, que brilla frenéticamente a pesar de la manta de lluvia que nos envuelve? ¿Me sentiré libre finalmente? ¿Me recordarás en tus últimos momentos, tu dios con tu vida en sus manos gruesas? 

No creo que haya sentimientos o pensamientos adonde voy.
Pero quizás te extrañaré.



El jardín

Siempre me daba cuenta cuando comenzaba a llover. No importaba donde estuviera. El olor a tierra mojada me humedecía la nariz. Me llenaba la cabeza de gotitas de agua que querían volver a su lugar de origen. Por eso me hacían estornudar y estornudar, y los ojos se me rebosaban de agua. Pero sólo hasta que la llovizna dejara de ser y se tornara lluvia. Entonces el olor se disipaba y mi nariz y mi cara volvían a ser mías.

Cuando llovía fuerte, me gustaba sentarme en la terraza. Me sentaba en la parte techada y miraba la lluvia caer sobre las flores de Azucena, sobre la grama, sobre la tierra. A veces me pasaba horas estudiando el ritmo de la lluvia. Tenía un ritmo, aunque nunca supe cuál era la cadencia exacta, pero sí sé que tenía ritmo. A veces la lluvia lloraba de rabia, otras veces de un dolor muy profundo, y a veces hasta de felicidad. Esas eran lagrimitas dulces y livianas, muchas, muchas.

El jardín era grande. No era nada extraordinario, pero de primavera a otoño, pasaba por una especie de metamorfosis y luego otra y otra. Las flores cambiaban con cada estación. Los colores comenzaban tenues, temprano en la primavera. Luego subían de tono, como si el color y el calor fueran un reflejo, el uno del otro. El calor se miraba en el espejo. El jardín, día tras día, se iba apoderando de un poquito más de esa voz, que estallaba a mediados de julio, y que comenzaba de nuevo a silenciarse lentamente.

La metamorfosis dejaba plantas moribundas que se quedaban atrás, resecas, amarillentas y flácidas, como el paisaje olvidado atrás en un trayecto en carro, a alta velocidad y con la brisa en la frente y en el pelo. Ante el esfuerzo de las nuevas flores y del nuevo verdor de apoderarse del paisaje y de esconderlas, no les quedaba ningún remedio a las flores moribundas. El olvido era el antídoto del jardín. Eran reemplazadas por verde y por tantos otros colores brillantes, tan brillantes que ni siquiera puedo distinguirlos entre sí.

Todo aquello, cuidadosamente orquestado por Azucena. El jardín era que su orquestita. Era lo único que realmente podía controlar, e incluso aquello, lo controlaba a medias. Y cuando se le morían plantas fuera de tiempo siempre las reemplazaba con otras de igual tamaño y color. Con fotocopias florecidas. Azucena era la memoria, el antídoto contra el antídoto del jardín.

Una tardecita, ya casi anocheciendo en la primavera, encontré a Esteban pensando groserías de mí. Yo estaba en la terraza esperando por más lluvia. Contando las gotas que caían en una cubetita de metal podrido. La única que Azucena dejaba afuera, y con la que muchas veces yo solía jugar. Él estaba en el jardín buscando lombrices. Las acechaba. Lombrices moribundas como las plantas a las que les tocaba el antídoto del olvido, agonizantes, tratando de evitar ahogarse en el suelo empapado.

Entonces Esteban las agarraba con las manos, así sin nada, sin que le diera asco, y las ponía en un envase de mayonesa vacío. Lo miré, y él, casi al unísono, me miró con una lombriz en la mano. Yo lo supe en ese mismo instante. Estaba pensando pensamientos horribles de mí. Esteban pensaba que yo estaba desnuda en frente suyo y me miraba con ojos llenos de sorpresa. Una sorpresa que se sentía como un alfiler atravesándome desde las plantas de los pies hasta la piel de los senos y más arriba, muy hondo en mi garganta. Luego se distrajo un poco, pero su distracción duró menos que un respiro, mientras ponía la lombriz en el envase. Y volvió a mirarme. Y entonces de nuevo supe lo que él estaba pensando de mí.

En ese momento, sentí que el alfiler se multiplicó, y ya no uno sino cientos de alfileres me atravesaban toda la piel. Desde el cráneo hasta debajo de las uñas. Mis pelos se hacían y deshacían a cada instante como de fino metal. Cada poro era un animal vivo.

Me levanté de la silla de un salto e hice que Esteban comiera tierra. Sí, tierra. Puños llenos de tierra, uno tras otro. Hice que excavara tierra con sus manos y que se pusiera los puñados de tierra en la boca, una y otra vez. Su encía desapareció y también sus dientes. De la cara a todo el cuerpo. La tierra lo cubrió por completo. Los ojos le comenzaron a brotar de la cara, como si se hubieran desprendido de sus huecos. Tenía un río de lodo desbordado corriéndole por la barbilla y el cuello. Tenía ya tierra en la nariz, llenándole las fosas nasales y hasta la frente por dentro, cuando Azucena se dio cuenta de lo que estábamos haciendo. Agarró la palita de metal con la que sembraba sus flores, y gritó un grito espeluznante. Gutural, como un animal que acaba de ser mordido profundamente y de manera mortal. Como una fiera que al darse cuenta de que está herida de muerte, se aferra más a la vida.

Me haló por el cabello y me dio con la pala en la cabeza. Me dolió tanto que ni siquiera supe dónde me golpeó esa primera vez. No pude localizar el punto exacto del dolor, y mucho menos pude hacerlo la segunda o la tercera vez. Y perdí la cuenta. Azucena no ayudaba a Esteban, sólo me golpeaba a mí. Siguió, y no pude hacer nada para defenderme. Entonces me relajé y comencé a flotar. Y me metí en una especie de útero imaginario del que no planeaba salir jamás. Un útero mojado, hecho de lluvia, de grama saturada y de lombrices agonizantes.

Mi cuerpo se relajó, incluso mi frente y mis hombros. Y la boca se me abrió por completo. La piel, los músculos, la mente. Me abrí entera al mundo y ya no pensé nada. Cuando desperté en el hospital, Estaban estaba muerto. Lo intuí de inmediato. Yo lo maté. Y mi cabeza estaba rasurada. Como castigo. O como trofeo. Tenía puntos en todo el cráneo y en la cara. No me vi en el espejo, a pesar de que había uno en la habitación. Tal vez, incluso dos. Pero sé que con todos aquellos puntos y moratones, debía parecer un verdadero monstruo. Un monstruo incapaz de morir, muy diferente de Esteban. Y a la vez un monstruo, como él, también muerto.


7/5/15

+ Re-Poesía +

¿Un poeta que duerme en una silla?

Todos dicen que dormir en una silla es malo para la
espinaca.

Se marchita cuando te ve durmiendo así, con la cabeza caída a un lado como una flor rota, saliva en tu mentón, pelos por todos lados como el nido de un pájaro desorganizado.

El cuerpo verde luminoso pierde su color inmediatamente, y siente un dolor agudo en el alma hojita que vibra por sus vainas y endurece sus orillas.

Los poetas nunca se preocupan por sus vegetales. Razón por la que envejecen con las espinas torcidas y el borde de su salud mental mordida.


¿Un bailarín al borde del abismo?         

¿Has considerado cómo
se siente ser ingrávida
por un solo momento?

Nos dicen
“da la ilusión
de ser ingrávida,
tu cuerpo será un pedazo de
aire
vacío y lleno
a la vez”.

Pero no saben, y nunca sabrían
de la ingravidez verdadera.

Pero yo lo sabré.
Pedazos de mi alma
gruesa
esparcidos por el aire,
levantados,
en un baile infinito.


¿Un ataúd a fuerza centrífuga?

Cuando yo tenía solo cinco años, murió la fuerza centrífuga.
Me dijeron que la mataron en un accidente de carro,
que sus miembros quedaron tan deformados
que casi ni sabían lo que era.
“¿Una fuerza?”, dijo el capitán de la policía,
“¿cómo es que una fuerza se moriría?”

Los espectadores dijeron que oyeron una explosión profunda,
como el callo de una columna,
y crearon un ataúd especial sin preguntar,
con terciopelo rojo y oro rosado,
para la fuerza que nos junta.


¿Un comerciante en urnas y ataúdes?    

Frank no se queda quieto durante el embalsamamiento. Entiendo su deseo de escapar. ¿Qué  tipo de cuerpo muerto o vivo desea que su sangre sea reemplazada con conservantes?  ¿Y por qué? Los cuerpos embalsamados se empiezan a descomponer después de unas semanas.
Una vez pregunté a papá por qué se fomenta el embalsamamiento. Se quedó silencioso unos momentos. Dijo en voz baja, “dinero”. Aquí en los Estados Unidos, incluso enterrar a los muertos tiene que ver con robar a sus familiares lo más posible. En nuestra funeraria, tenemos miles de tipos distintos de ataúdes, con miles de funciones personalizables. Y siempre los familiares se sienten mal cuando pagan algo barato para sus seres queridos. Piensan que sus fantasmas les perseguirán.



+ Rompe +

El callo de la civilización

rompe               rompe
              rompe

La creación y la destrucción – gemelos siameses con ojos amarillos y trazos color carbón. 
El caos es un viajero sin casa,
casi sin nombre.

              rompe
rompe               rompe

Y se construye de nuevo
una casa de vidrio, con ventanas reflejantes, y piedras multi-colores en el camino.

¿En dónde encontraremos el equilibrio?

+ Neologismos +

Semizapato: Cuando tu zapato se divorcia de ti. Dice “¡basta de abuso!” y desaparece en la luz lavanda de la luna.

Braun: El sonido que hacen los pájaros cuando no saben en qué dirección volar.

Sústalo: Una especie de dinosaurio que creía en que los fantasmas crearon el mundo.

Trovidencia: Una colectiva de mujeres mágicas con el poder de encontrar luz en lo oscuro.

Cristondoti: Un método especial de preparar pan con queso y pedazos finos de salmón ahumado.  
               
Inframar: Una madera gruesa que se usa para construir ritmos fragmentados.                    

Altifolia: Un intento desesperado para subir a la parte más alta del árbol abedul.

Cubidumbre: El momento exactamente antes de despertar de una pesadilla violenta.


Egonist: Alguien que ha descubierto un método de traducir las canciones de los pájaros al griego.